Todas y cada una de las procedencias ganaderas tienen su particular sello definitivo, sus características diferenciales, y un algo especial que les permite destacar sobre las restantes.
En este caso concreto la heterogeneidad es sin duda la seña de identidad más apreciable y este factor de disparidad está vinculado principalmente a la gran variedad de pelajes presente en las ganaderías de este origen.
Así los toros Vazqueños son como el arco iris de la raza de lidia. Reúnen todas las variaciones cromáticas conocidas en la misma e incluso algunas veces ofrecen algunas tan peculiares y difíciles de describir que ponen a prueba los conocimientos de los técnicos más versados en la materia, y de los propios vaqueros y mayorales.
La mezcla de pelajes básicos y accidentales es tan amplia y tan caprichosa que ha permitido la existencia de ganaderías en las que se hacía prácticamente imposible encontrar dos toros de idéntica pinta.
Por eso siempre los vacunos Vazqueños han constituido un espectáculo visual por su sola presencia, antítesis de la monotonía generalizada e impuesta por la hegemonía de las capas negras. Toros para ver y admirar como lo que son, un capricho de la madre naturaleza.
En el conjunto de las ganadería Vazqueñas se dan pelajes ensabanados, albahíos, jaboneros claro, sucios, barrosos, cárdenos claros y oscuros, melocotones, colorados y retintos, tostados, castaños, salineros, sardos, negros, barrendos en blanco, berrendos en colorado, berrendos en castaño, berrendos en cárdeno, berrendos en jabonero, berrendos en tostado y hasta algunos tan difíciles de encontrar como el berrendo en salinero o berrendo en sardo.
Además, las pintas berrendas pueden ser del tipo aparejado o del capirote, luciendo estas últimas la mancha oscura a lo largo de la cabeza y el cuello, e incluso también y, más raramente, aparecen algunas berrendas remendadas.
Esta variedad de pintas se puede ver acompañada además por múltiples combinaciones de la práctica totalidad de accidentales que se conocen en el vacuno de lidia, ya sean de carácter general o regional.
Ente los primeros son muy frecuentes el alunarado, aparejado, chorreado en morcillo, chorreado en verdugo, entrepelado, misqueado, nevado y salpicado, dándose también el anteado, lavado, burraco y estornino.
Dentro de las particularidades de la cabeza y el cuello destacan el capirote, caribello y gargantillo, así como las manchas blancas en la frente y en la cara de las reses (careto, estrellado, facado y lucero). Igualmente se aprecian los accidentales típicos de los ojos (ojalado, ojinegro, ojo de perdiz y zarco) y de la boca (bociblanco, bocidorado y bocinegro).
En el tronco los más frecuentes son el bragado, bragado corrido, axiblanco y meano. También abundan los albardados, aldinegros, girones, listones y lombardos, dándose algunos aldiblancos y cinchados.
En las extremidades abundan botineros y calceteros, siendo menos frecuentes los calzones, mientras que en la cola aparecen coliblancos, rabicanos y rebartos.
Al margen de la diversidad de pelajes, el rasgo más característico de las Casta Vazqueña, los vacunos de este origen son de talla media, anchos, musculazos y un poquito más bastos de tipo. Su piel es más gruesa que la de la mayoría de los vacunos de la raza y está cubierta por pelos largos generalmente muy rizosos.
Su condición de animales foscos se aprecia sobre todo en la cabeza de los machos, donde los rizos se distribuyen por la frente, cara y carrillada. Con mucha frecuencia se extienden por el morrillo y las tablas del cuello, llegando incluso hasta las paletillas (astracanadas).
La cabeza es más bien voluminosa, ancha y frecuentemente alargada, con perfil cefálico recto o ligeramente acarnerado. Los ojos son grandes y resultan especialmente llamativos en los ejemplares de pintas claras, sobre todos en los jaboneros donde se produce un contraste muy curioso entre la coloración muy cremosa de la pinta y la negrura de los órganos visuales. Así, estos últimos parecen aún de mayor tamaño, e irradian una mirada que resulta inquietante e intimidatorio para los toreros.
La imagen de seriedad que le otorga a los toros Vazqueños su condición de foscos y la peculiaridad de su mirada se completa con el aspecto de sus encornaduras, que suelen alcanzar buen grado de desarrollo, son de grosor medio, y variadas de coloración, predominando los astisucios y los astinegros, pero también son frecuentes los astiblancos y los astiacaramelados, apareciendo estos últimos en los ejemplares jaboneros, salineros y colorados. En general abundan las encornaduras altas o en forma de gancho, acabadas en pitones finos. Así se dan muchos toros bien armados y también veletos, cornidelanteros, corniapretados y abrochados.
El cuello tiene una longitud media en relación con el conjunto de la raza dándose también ejemplares que lo presentan más corto que la media. El morrillo suele ser muy desarrollado y prominente, acompañado por abundantes rizos. La papada alcanza un tamaño medio, mayor en los ejemplares derivados de Concha y Sierra, aunque no resulta tan excesiva con la de los vacunos oriundos de Parladé.
El tronco es ancho y el pelo profundo, de forma que el tercio anterior suele estar más desarrollado que el posterior, aunque éste tampoco es pobre. La línea dorso-lumbar puede presentarse recta o un poco ensillada, la grupa es ancha y remodelada y el vientre apreciablemente voluminoso.
Las extremidades son más bien cortas, anchas y fuertes y la cola larga de grosor medio, con el borlón generosamente poblado.
En conjunto resultan corpulentos, vistosos y de bien trapío, contribuyendo a esta última característica de forma decisiva la variedad de sus pelajes, y la seriedad de su cara fosca. Tienen un aspecto típico de toros antiguos, aunque no parezcan tan fieros e intimidatorios como los "Miuras".
Aunque el prototipo morfológico general de los vacunos Vazqueños se corresponde con estas características, existen algunas diferencias entre los ejemplares derivados de la línea de Veragua y Concha y Sierra.
Esta circunstancia no tiene nada de particular, sobre todo si se considera que ambas han permanecido separadas desde hace casi ciento setenta años, evolucionando cada una de modo diferente.
Así, los ejemplares derivados de la rama de Veragua presentan un predominio de pelajes jaboneros en toda su extensión (albahío, jabonero claro, jabonero sucio, barroso e incluso perlino) y negros. Los colorados, castaños y berrendos aparejados (en negro, en cárdeno, en jabonero y en colorado) suelen ser habituales, pero menos frecuentes que los anteriores. Lo mismo ocurre con ensabanados, cárdenos y melocotones, mientras que los sardos y salineros apenas aparecen entre los "Veraguas" actuales.
Dentro de la variedad de accidentales presente en los ejemplares de uno y otro origen, hay mayor predominio de las manchas blancas en los derivados de Concha y Sierra, destacando por su abundancia el salpicado y en menor medida el lucero, estrellado, careto, gargantillo, girón, calcetero y corniblanco.
Las encornaduras también evidencian diferencias apreciables, y así, mientras los "Concha y Sierras" suelen ser más corralones y cornialtos, en los “Veragüeños” predominan las encornaduras en forma de gancho y de menor longitud.
Los derivados de la rama Veragua son asimismo más finos de tipo y de menor talla, que los oriundos de "Concha y Sierra".
Las hembras derivadas de esta Casta son de talla media, pero proporcionalmente más grandes que las restantes que se consideran como mediolíneas.
Las vacas "Vazqueñas" son corpulentas, largas y de buena alzada. Ofrecen una imagen recia y son menos finas por lo general que las pertenecientes a los prototipos más modernos y evolucionados de la raza de lidia, luciendo la misma variedad de pelajes y accidentales que los machos.
Su cabeza es un poco alargada y ancha de sienes. Los ojos son grandes, el morro es igualmente amplio y las orejas presentan tamaño medio.
Las encornaduras son bastante finas en su base, desarrolladas y acabadas en pitones también finos. Abundan las cuernas bien puestas, veletas, corniabiertas, corniapretadas, e incluso abrochadas. Los ejemplares gachos son menos frecuentes.
El cuello tiene una longitud media, la papada es discreta y el cuello es profundo, con los costillares largos. La línea dorso-lumbar aparece ligeramente ensillada y el vientre es algo prominente.
La grupa es ancha, la ubres amplias y desarrolladas, apreciablemente mayores que las de la mayoría de las hembras de la raza de lidia, lo que convierte a las vacas "Vazqueñas" en magníficas criadoras. Su cola es larga y de grosor medio, mientras que las extremidades son fuertes y proporcionalmente más largas que las de los machos.
Las derivadas de la rama Veragua suelen ser más finas, y suelen estar mejor hechas que las procedentes de Concha y Sierra, que son más altas y corpulentas.
En las primeras imperan los pelajes jaboneros y negros, siendo minoritarios los berrendos (principalmente en negro, en cárdeno y jabonero), melocotones, colorados, cárdenos, castaños, tostados, y ensabanados. En las hembras derivadas de Concha y Sierra son especialmente significativas las pintas negras, sardas y salineras. Muy abundantes también las cárdenas y tostadas, coloradas y castañas, acompañadas por frecuentes salpicaduras y otras manchas blancas, y menos frecuentes las berrendas (en negro, en colorado y en castaño) y ensabanadas.
Las berendas derivadas de Veragua suelen ser aparejadas y las de Concha y Sierra del tipo capirote. El berrendo en negro suele ser el más frecuente en ambas ramas.
Al igual que ocurre con los machos, los accidentales que acompañan a las diferentes pintas son más abundantes en la rama de Concha y Sierra.
Todos los ganaderos que mantienen en sus respectivas explotaciones reses de origen vazqueño coinciden en destacar su innata agresividad y su difícil manejo en el campo.
Como la mayoría de los vacunos de lidia, los ejemplares vazqueños suelen ser muy peleones, especialmente a partir del tercer año de vida.
El desarrollo precoz y la corpulencia que adquieren con relativa rapidez los utreros, les llevan a medir fuerzas con sus hermanos de camada constantemente, y lo que empieza muchas veces como un juego, se va complicando y llega un momento en el que las peleas adquieren un grado de virulencia considerable. Si le es posible y no resulta herido de gravedad, el animal vencido huye llevándose por delante las alambradas y todo lo que se encuentras a su paso, siendo muy difícil de controlar. Estos ejemplares constituyen un peligro añadido para las personas encargadas del su manejo.
Entre los toros estos combates tal vez no son tan frecuentes, aunque sus consecuencias son mucho más dramáticas, y el número de bajas es sensiblemente mayor.
Las vacas evidencian un comportamiento mucho más gregario que los machos, y son considerablemente menos agresivas que aquellos, destacando por sus excelentes actitudes matrimoniales.
Para la lidia, los vacunos vazqueños resultan muy espectaculares de salida, rematando en tablas, y empleándose en el primer tercio. Los buenos ejemplares vazqueños embisten con nobleza a la muleta propiciando la posibilidad de triunfo a los toreos.